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Las mujeres de la Alhambra

Tres interesantes figuras de mujer destacan en el dramático claroscuro de los años finales del Islam en Granada. Una transcendental encrucijada histórica, marcada en cierta medida por la poderosa influencia de estas tres mujeres de desigual destino. Las tres tan sólo tuvieron un punto en común: se movieron muy cerca de las gradas del trono real, el mítico trono de oro y pedrería, asentado desde hacía más de un siglo en el fabuloso salón de Embajadores de la Alhambra. Se llamaba: Fátima También conocida como Aixa), la esposa del penúltimo rey musulmán, Muley Hacen, y madre del que sería último monarca, Abu Abdala ( el desventurado Boabdil); Zoraya, la hermosa favorita que envolvió en sus redes de sonrisa y encantos a Muley Hacen, haciéndole perder el juicio y el poder; y Moraima, la dulce mujer de Boabdil, su sumisa enamorada. De las tres la de más tortuosa y novelesca existencia fue, sin duda Zoraya, cuya turbadora belleza contribuyó no poco a las intrigas y discordias que aceleraron el final inexorable del reino nazarí de Granada. Un poeta dijo de ella que su atractivo era mucho más fuerte que el de las demás mujeres, “como el oro del sol supera a la plata de la luna” . Un cortesano aseguraba que ” los labios del rey estaban secos de pasión por ella”. Se ganó sobradamente su nombre, porque Zoraya, en árabe, significa “Lucero de la mañana”.

Cárcel de oro

mujeres al andalusLas mujeres entre los árabes podemos decir que estaban en sombra, entre silencios casi permanentes, en estancias escondidas, en el harem.Se le adoraba, pero se la encerraba bajo mochas llaves para que no fuera vista por ojos ajenos y, también para ponerla a cubierto de cualquier asomo de infidelidad. Esta actitud, en cierto modo, entrañaba casi siempre un amor extremado, una supervaloración del ser femenino, que había que proteger, por tanto, de los acechos y peligros de mundo exterior.
Según las leyes musulmanas el árabe podía, disfrutar de hasta cuatro esposas legítimas y un número ilimitado de esclavas, si bien como debía dotar suficientemente a cada una de las mujeres, la poligamia era sólo asequible a los musulmanes ricos. La legendaria Zoraya, en un principio, había formado parte del escogido plantel de esclavas de la Alhambra, al que había sido incorporada muy joven, de doce a trece años, vino a Granada como botín de guerra. Había sido capturada por una patrulla de jinetes árabes, que andaba en misión de rapiña -ganado y cautivos, preferentemente-, por las tierras cristianas de Aguilar de la frontera. La niña, de belleza precoz, era hija de un caballero de estirpe, el Comendador Sancho Jiménez de Solís, y se llamaba Isabel. Quiso su destino que entrara en el lote llamado del “quinto” – siempre la quinta parte de todo lo apropiado en aquella incursiones se reservaba al rey-, y en seguida fue puesta al servicio de la hija de Muley Hacen y de la sultana Aixa. El cometido que se le asignó no podía ser más insignificante: barrer la cámara de la princesa. Pero allí, al cabo de cierto tiempo, la vio casualmente el rey y se enamoró perdidamente de ella y hasta aquí os podemos contantar hoy, lo que paso después de que el rey viese a Zoraya es otra historia que contaremos otro día.

Fuente: Fascículo (Zoraya, el lucero de la mañana)